April 23, 2018

«Iniciar el fuego rápidamente»

—¿Tú juegas?, Montag.

Miró a aquellos hombres, cuyos rostros estaban tostados por un millar de incendios auténticos y otros millones de imaginarios, cuyo trabajo les enrojecía las mejillas y ponía una mirada febril en sus ojos.
Aquellos hombres que contemplaban con fijeza las llamas de encendedores de platino cuando encendían sus boquillas que ardían eternamente. Ellos y su cabello cubierto de carbón, sus cejas sucias de hollín y sus mejillas manchadas de ceniza cuando estaban recién afeitados; pero parecía su herencia.
Montag dio un respingo y abrió la boca. ¿Había visto, alguna vez, a un bombero que no tuviese el cabello negro, las cejas negras, un rostro fiero y un aspecto hirsuto, incluso recién afeitado? ¡Aquellos 40 hombres eran reflejos de sí mismo! Así, pues ¿se escogía a los bomberos tanto por su aspecto como por sus inclinaciones? El color de las brasas y la ceniza en ellos, y el ininterrumpido olor a quemado de sus pipas.
Delante de él, el capitán Beatty lanzaba nubes de humo de tabaco. Beatty abría un nuevo paquete de picadura, produciendo al arrugar el celofán ruido de crepitar de llamas.

Montag examinó los naipes que tenía en las manos.

—Es... estaba, pensando sobre el fuego de la semana pasada. Sobre el hombre cuya biblioteca liquidamos. ¿Qué le sucedió?

—Se lo llevaron, chillando, al manicomio.

—Pero no estaba loco.

Beatty arregló sus naipes en silencio.

—Cualquier hombre que crea que puede engañar al Gobierno y a nosotros está loco.


—Trataba de imaginar —dijo Montag— qué sensación producía ver que los bomberos quemaban nuestras casas y nuestros libros.

—Nosotros no tenemos libros.

—Si los tuviésemos...

—¿Tienes alguno?

Beatty parpadeó lentamente.

—No.

Montag miró hacia la pared, más allá de ellos, en la que había las listas mecanografiadas de un millón de libros prohibidos. Sus nombres se consumían en el fuego, destruyendo los años bajo su hacha y su manguera, que arrojaba petróleo en vez de agua.

—No.

Pero, procedente de las rejas de ventilación de su casa, un fresco viento empezó a soplar helándole suavemente el rostro. Y, una vez más, se vio en el parque hablando con un viejo, un hombre muy viejo, y también el viento del parque era frío. Montag vaciló:

—¿Siempre..., siempre ha sido así? ¿El cuartel de bomberos, nuestro trabajo? Bueno, quiero decir que hubo una época...

—¡Hubo una época! —repitió Beatty—. ¿Qué manera de hablar es ésa?

«Tonto —pensó Montag—, te has delatado.» En el último fuego, un libro de cuentos de hadas, del que casualmente leyó una línea...

—Quiero decir —aclaró—, que en los viejos días, antes de que las casas estuviesen totalmente a prueba de incendios... —De pronto, pareció que una voz mucho más joven hablaba por él. Montag abrió la boca y fue Clarisse McClellan la que preguntaba:

-¿No se dedicaban los bomberos a apagar incendios en lugar de provocarlos y atizarlos?

—¡Es el colmo!

Stoneman y Black sacaron su libro guía, que también contenía breves relatos sobre los bomberos de América y los dejaron de modo que Montag, aunque familiarizado con ellos desde hacía mucho tiempo, pudiese leer:

Establecidos en 1790 para quemar los libros de influencia inglesa de las colonias.
* Primer bombero Benjamín Franklin.
* REGLA 1. Responder rápidamente a la alarma.
* REGLA 2. Iniciar el fuego rápidamente.
* REGLA 3. Quemarlo todo.
* REGLA 4. Regresar inmediatamente al cuartel.
* REGLA 5. Permanecer alerta para otras alarmas.

Todos observaban a Montag.
Éste no se movía.

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Celebremos pues el #DiaInternacionalDelLibro, fragmento de Fahrenheit 451, Ray Bradbury.

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