April 09, 2018

El cerezo

Cuando George Washington era niño vivía en una granja de Virginia. Su padre le enseñó a cabalgar, y solía llevar al joven George por la granja para que su hijo aprendiera a cuidar de los campos, los caballos y las reses.

El señor Washington había plantado un huerto de árboles frutales. Había manzanos, durazneros, perales, ciruelos y cerezos. Una vez le enviaron un bonito cerezo desde allende el océano, y el señor Washington lo plantó en la linde del huerto. Pidió a toda la gente de la granja que lo observara atentamente para cerciorarse de que no sufriera el menor daño. Creció bien y una primavera se cubrió de capullos blancos.

Al señor Washington le complacía saber que pronto tendría cerezas de ese árbol. En esa época le dieron a George un hacha nueva y lustrosa. George se puso a hachar ramas, cercas, todo lo que encontraba. Al fin llegó a la linde del huerto, y pensando sólo en su magnífica hacha, asestó un golpe al pequeño cerezo. La corteza era tan blanda que George derribó el árbol, y luego continuó jugando.

Esa noche, cuando el señor Washington regresó de su inspección de la granja, envió el caballo al establo y fue hasta el huerto para mirar el cerezo. Se quedó atónito al ver que lo habían talado. ¿Quién se habría atrevido a hacer semejante cosa? Preguntó a todo el mundo, pero nadie le daba explicaciones.

En ese momento pasó George.

- George - llamó su padre con voz colérica - , ¿sabes quién cortó mi cerezo?

Era una pregunta difícil, y George titubeó un instante, pero pronto se recobró.

- No puedo mentir, padre. Lo hice yo, con mi hacha.

El señor Washington miró a George. El niño estaba pálido, pero miraba al padre a los ojos.

- Entra en la casa, hijo - dijo severamente el señor Washington.

George fue a la biblioteca y aguardó a su padre. Estaba triste y avergonzado. Sabía que había sido necio y desconsiderado y que su padre tenía buenas razones para estar disgustado. Pronto el señor Washington entró en la habitación.

- Ven aquí, hijo mío. George se acercó a su padre. El señor Washington lo miró de hito en hito.

- Dime, hijo, ¿por qué talaste el árbol?

- Yo estaba jugando y no pensé... - tartamudeó George.

- Y ahora el árbol morirá. Nunca nos dará cerezas. Pero, peor aún, no supiste cuidar de ese árbol cuando yo te había pedido que lo hicieras.

George agachó la cabeza, las mejillas rojas de vergüenza.

- Lo lamento, padre - dijo.

El señor Washington apoyó la mano en el hombro del hijo.

- Mírame - dijo - , lamento haber perdido el cerezo, pero me alegra que hayas tenido el valor de decir la verdad.

Prefiero que seas franco y valiente a tener un huerto entero con los mejores árboles. Nunca lo olvides, hijo mío. George Washington nunca lo olvidó.

Hasta el final de su vida fue tan valiente y honorable como ese día de su infancia.

~

Adaptación de un texto de J. Berg Esenwein y Marietta Stockard
Una de las anécdotas más conocidas en EEUU y que fue publicada en 1806 por Mason Lock Weems, la referencia aquí. Cherry Tree Myth

The War of the Worlds - Original drawings, 1906

Original drawings from the 1906 edition of H.G. Wells’ “The War of the Worlds”, illustrated by Brazilian artist Henrique Alvim Corrêa pic.tw...